Miedo al aburrimiento

Tio Sam

Que vivimos en un mundo híper tecnológico no es algo nuevo. Hemos hablado largo y tendido acerca de las características de la era digital: conexión, inmediatez, ubicuidad… Pero hay algo que se nos escapa, algo que hemos perdido: la capacidad de aburrirnos.

Tanto es así que según un estudio publicado en Scientific American, el 25% de las mujeres y el 66% de los hombres que participaron prefirieron recibir una leve descarga eléctrica antes de estar encerrados en una habitación durante 15 minutos sin hacer nada. Los resultados hablan por sí mismos, el aburrimiento da más miedo que un shock eléctrico.

Pero para comprobarlo no hace falta irse a esos extremos. Sólo hay que echar un vistazo a la parada del autobús o al andén del metro. ¿Hay alguien que esté simplemente esperando? Seguro que no. Si no estamos manteniendo una conversación con alguien, lo más seguro es que aprovechemos los minutos de espera para leer, revisar el email u ojear el Facebook, Twitter o Instagram. Y muchas veces ni si quiera esperamos a quedarnos solos para sacar el móvil y buscar alguna distracción con la que llenar los pequeños tiempos muertos del día a día.

En principio, esto no tiene por qué ser negativo. Al contrario, para eso se diseñan las apps. El problema surge cuando esa necesidad de evitar el aburrimiento se convierte en una obsesión. Muchas veces, la aversión al tedio oculta un miedo más profundo y peligroso: el miedo a experimentar nuestras propias emociones. Según el filósofo Slavoj Žižek:

En nuestra sociedad se produce una inversión del imperativo kantiano “puedes porque debes” que pasa a ser “debes porque puedes”. […] Se da la paradoja del placer que se convierte en deber: “¡debes gozar!». Se impone la diversión. Experimentamos la necesidad de disfrutar de cada momento, de ser continuamente felices, porque de lo contrario nos sentimos terriblemente culpables. («You May!»).

Este miedo al aburrimiento, a sentirse culpable por no disfrutar al máximo de cada segundo del día, es lo que nos lleva a saturar nuestro limitado tiempo con decenas de juegos para smartphone, redes sociales,  fotos, memes, vídeos de gatos, grupos de WhatsApp… Todo es válido con tal de no sentir. El problema es que estas píldoras de diversión fácil no nos sacian. ¿Es esto es sano? Probablemente no.

Según comenta la psicóloga y experta en Inteligencia Emocional Sonia Parra:

¿Es posible que si desarrollo permanentemente mi visión de futuro, me esté perdiendo mis extraordinarios presentes? ¿No es quizás muy sano «dejarse en paz»? ¿Qué tal dejarse llevar por lo que a uno le apetece en cada instante? ¿Es que a mis emociones no puedo darles nunca vacaciones, ni fines de semana libres? ¿Es eso justo?, y más aún, ¿es eso sano?